Valores y educación

Gloria Villarreal Luján
Estudiante de la LE’94, quinto semestre

Comenzaré el presente artículo, narrando una experiencia personal que me hizo reflexionar acerca del tema que estamos analizando:

Hace aproximadamente 2 años, iba circulando en mi coche por la avenida Cuauhtémoc, mi hijo me acompañaba, venía en el asiento del copiloto, regresábamos de casa de mi hermana y nos dirigíamos hacia la nuestra.

Eran más o menos las 8.00 de la noche y llovía, el tránsito estaba imposible y yo me empecé a desesperar, pues avanzábamos muy lentamente. Desde algunas calles atrás empecé a estudiar la posibilidad de darme la vuelta en alguna calle hacia  la izquierda para llegar a mi casa con mayor facilidad.

Cuando al fin pude dar la vuelta, que fue a la altura del Centro Médico, vi que la calle topaba con una casa y que no tenía salida; así que di nuevamente vuelta a la derecha. De modo que transitaba por atrás del Centro mencionado, y entonces recordé unos reportajes que había visto en televisión en los que mencionaban una serie de asaltos que habían ocurrido precisamente en esa zona de la ciudad.

Se trataba de una banda de chicos que asaltaban con lujo de violencia y “pistola en mano” a los automovilistas; yo misma había sido testigo de un atentado cuando me encontraba circulando, en otra ocasión, por esa misma zona, pero en el eje perpendicular, el 3 Oriente.

En ésas estaba, cuando de pronto, de una calle salieron los miembros de la banda (unos 10 ó 12 muchachos bastante jóvenes) pretendiendo rodear el coche; uno de ellos se colocó delante del mismo apuntándome con la pistola, afortunadamente traíamos las ventanillas cerradas, de modo que no escuchamos lo que nos decían. Yo jamás frené, lo que hice fue meter el acelerador hasta el fondo (en ese momento me parecía que el coche no avanzaba) y di la vuelta en “U” a toda velocidad. Como la calle era muy estrecha, me subí a la banqueta con las dos ruedas laterales y le di un fuerte golpe a la parte baja del auto.

En esos instantes, pensé: “a qué horas me sueltan el balazo”; por supuesto que también pensaba en decirle a mi hijo que se agachara, pero lo único que acerté a hacer fue gritar como una desquiciada: ¡ENRIQUE! ¡ENRIQUE! ¡ENRIQUE!, que es el nombre de mi hijo, durante todo el tiempo.

Nunca lograron rodear el coche y me parece que tampoco dispararon, pues ya iba a toda velocidad alejándome de donde estaban ellos.

Di rápidamente la vuelta a la izquierda y de nuevo a la izquierda, incorporándome otra vez a la Avenida Cuauhtémoc, pero ahora en el carril central y con el corazón latiendo con tal rapidez que sentía que se me iba a salir del pecho (ahí fue donde comprendí esta frase en toda su extensión). Mi hijo inmediatamente le cambió al radio, pues estaba una canción llamada “American pie”, y me comentó que ya se le hacía que se iba a morir oyendo una canción tan fea (qué cosas se le ocurren).

Durante todo el trayecto a mi casa sentí que me iban siguiendo, no pude dormir esa noche y el pobre de mi hijo tampoco; él me comentaba que ya se imaginaba siendo noticia al otro día: “Se encontraron dos cueerpos balaceaaados en las calles de la coloonia Buenos Aireees” y se le hacía ver el coche abandonado con las puertas abiertas y los vidrios rotos, sin llantas y todo golpeado.

 Y, ¿qué tiene que ver este relato con el tema que estamos tratando? Pues que esta experiencia que afortunadamente no pasó a mayores, me hizo reflexionar seriamente en los valores que se han perdido, y la verdad es que me sentí también un poco culpable, pues soy maestra y, si existen estos muchachos con los valores trastocados, es porque nuestra labor no está siendo efectiva.

¿Qué pasa? ¿Qué lleva a esos muchachos a cometer tales actos? ¿Nadie les hace nada? ¿Nadie les dice que eso no está bien? ¿Nadie les dice que robar, amenazar, agredir y matar son malas acciones? ¿Nadie? ¿Nadie les enseñó valores? Lo primero que se piensa es que seguramente sus papás son iguales, que el responsable es el medio en el que se desenvuelven;  pero me parece que es un asunto que se debe analizar más profundamente; si esos actos los aprendieron de sus papás, si es el medio en el que se desenvuelven, ¿qué llevó a sus papás a actuar así?, ¿por qué ese medio es tan peligroso? Y eso ocurre no sólo en esa colonia, desafortunadamente hay muchas más en esa situación.

¿Es acaso culpa del gobierno? ¿Es la impunidad que prevalece? ¿Es la falta de justicia social? ¿O es que las leyes  no se aplican con justicia? ¿Quizás la educación? Tal vez la explicación esté en todas estas razones juntas; pero a nosotros nos toca analizar esta última; es por eso que  me sentí con un poquito de culpa, pues en muchas ocasiones no les damos la importancia que merecen estos conceptos.

Los valores, ¿qué son los valores? Hasta se oye aburrido, cuando pedíamos permiso a nuestros padres para salir y nos despedían con una sarta de recomendaciones, contestábamos fastidiados: “sí, sí, que me porte bien”.

¿Y qué significa portarse bien? Significa muchas cosas,  nuestra antología nos marca una definición que me parece bastante acertada: “Los valores constituyen una fuerza interior profunda que define y caracteriza a las personas, que da identidad y aglutina a los grupos humanos”. Y agrega: “Los valores afectan a la dimensión más profunda de las personas, la cual está representada por su conciencia, por su sentido de responsabilidad moral, individual y social”.1 

Esta definición me parece acertada, porque explica en pocas palabras la real dimensión de los valores; y es cierto, los valores son una fuerza interior profunda, si los aprendemos bien, no nos abandonarán nunca, los tendremos presentes siempre en nuestro interior. Los valores nos identifican y nos aglutinan en diversos grupos humanos cuyos valores son semejantes.

¿En qué soy diferente de esos muchachos que trataron de asaltarme? En que nunca se me ha ocurrido realizar un acto semejante. ¿Y por qué? Tal vez porque recibí otros valores, valores que, afortunadamente, muchas personas practican; puede influir el medio pero, ¿acaso todos los habitantes de la colonia Buenos Aires, por ejemplo, asaltan, agreden y matan? No me lo parece; si así fuera, sería imposible vivir.

Por desgracia, tenemos que admitir que los valores se han ido perdiendo, y que  es a nosotros, los maestros, a quienes nos toca la labor de tratar que nuestros alumnos los practiquen.

Es cierto que vivimos en un México con serias deficiencias de democracia, que nuestras autoridades se pelean unas con otras por el poder, sin tomar en cuenta las necesidades básicas del país, que reinan la injusticia y la impunidad; pero, si los maestros nos quedamos “con los brazos cruzados”, es un hecho que no vamos a avanzar en ningún sentido.

He recibido una grata noticia al enterarme que se están haciendo serias gestiones para ¡por fin! hacer obligatoria la enseñanza del Jardín de Niños, porque es en este nivel donde se pueden lograr  las habilidades y actitudes necesarias para tener la posibilidad de desplegar los conceptos a los cuales nos referimos . Es en esta edad donde se sientan las bases para que se desarrollen toda esta serie de valores; todos sabemos que los primeros años de vida en los individuos son los más importantes, los conocimientos que se adquieren a esta edad (buenos o malos) perduran por toda la vida.

Al hacer obligatorio el Jardín de Niños, todos los infantes tendrán que cursarlo, y quiero creer que se ampliarán las perspectivas para desarrollar ciudadanos con valores, pues en nuestros planteles se trabaja frecuentemente con estas nociones, basándonos en nuestro programa;  por ejemplo, uno de los Propósitos expresa:

 “Establecer el respeto y la colaboración como formas de interacción social”, y en él se manejan conceptos tales como: “Aplicar normas para la convivencia –saludar, despedirse, esperar su turno, ofrecer disculpas, solicitar las cosas por favor, llamar a otros por su nombre-“.

 Entre los procedimientos para lograr este  están: “expresar por qué una persona se comporta o resuelve de una u otra forma en situaciones cotidianas”, o “resolver conflictos de manera pacífica”, u “opinar y argumentar respecto a situaciones cotidianas que impliquen la relación de los otros entre sí (desacato a  normas y acuerdos, conflictos interpersonales, actitudes de ayuda).

El apartado anterior puede atender a lo que el autor de la lectura de nuestra antología llama: educación integral; también mencionaré otro de nuestros Propósitos que se relacionan con el tema, éste manifiesta: “Respetar las características y cualidades de otras personas sin actitudes de discriminación de género, etnia, o por cualquier otro rasgo diferenciador”. Por supuesto que, para lograrlo, se nos indican algunos procedimientos como, por ejemplo: que los niños participen equitativamente en juegos y actividades o que compartan con los demás independientemente de algún rasgo diferenciador.

Los niños y niñas de 3 a 5 años, por lo general se aceptan sin problemas diferenciadores de género o etnia, o defectos físicos; por lo general, a quien pueden rechazar es a un niño sucio o agresivo. Afortunadamente todavía no muestran interés alguno por identificar rasgos diferenciadores, esto se desarrolla más tarde.

En lo que respecta al “Aprecio a la dignidad humana”, tenemos en nuestro programa dos Propósitos que pueden estar relacionados, el de “Mostrar una imagen positiva de sí mismo”, en donde se nos pide que los niños logren adquirir los conocimientos acerca de aceptarse como son, interesarse por su apariencia personal y por la calidad de lo que realizan. Y el de “Manifestar actitudes de aprecio al medio natural”, donde, a grandes rasgos, debemos lograr que los alumnos cuiden y respeten el medio natural, por supuesto se nos marcan diversos procedimientos para llegar a su feliz término.

En cuanto a la libertad de creencias, es un aspecto que dentro del jardín de Niños se lleva a cabo sin mayores dificultades, éstas sólo se presentan con los hijos de los Testigos de Jehová, pues como todos sabemos, se niegan a rendir homenaje a la Bandera, lo cual produce algunos conflictos entre los demás niños, debido a que no comprenden esa actitud.

La promoción de valores socioculturales en la educación básica, también la tratamos en el Jardín de Niños en nuestro Propósito “Manifestar actitudes de aprecio por la historia, la cultura y los símbolos que nos representan como Nación”.2  Se da por hecho el que logramos que los alumnos respeten y aprecien los símbolos patrios, sitios históricos y públicos.

Para que los niños logren este conocimiento empezamos por tratar que conozcan las características de su familia, su historia personal, su escuela, su comunidad y, finalmente, el significado de las fiestas tradicionales y conmemoraciones cívicas, así como el significado de cantos y símbolos patrios.

De acuerdo con los conceptos que he explicado, se puede observar que existe un Programa pensado para desarrollar los valores en los niños preescolares; las educadoras los hemos llevado a la práctica, y lo estamos haciendo, por lo menos las que conozco, entonces me pregunto: ¿En dónde se pierden?  ¿Acaso en la familia? ¿En la primaria? ¿En la realidad del país que nos aplasta y que los medios de comunicación se encargan de difundir con lujo de detalles?

No lo sé, pero me parece que debe haber un cambio, un cambio grande; personalmente, tuve esperanzas cuando ascendió al poder nuestro actual presidente, no porque se tratara de él, sino por la magnitud del hecho en sí. Jamás pensé que el PRI fuera a soltar el poder en forma pacífica; esto, en parte, se le puede abonar a Ernesto Zedillo.

De todas formas, no quiero dejar de lado mi optimismo, no quiero dejar de tener la esperanza del cambio positivo en mi país, sé que contamos con un presidente que carece de una inteligencia lúcida entre muchas otras cosas; que no se notan los cambios, que se la pasa haciendo tonterías y que,  hasta el momento, no ha cumplido con las expectativas y, mucho menos, con las grandes promesas que hizo durante su campaña.

 En mi opinión, que es muy particular y muy mía, tampoco contamos con un Jefe de Gobierno en la Ciudad de México al que pudiéramos calificar de muy brillante, con un gabinete ineficiente, pero es un cambio.

 No se puede lograr un cambio positivo sin dar algunos traspiés, por lo menos ya se respetó el voto, por lo menos se escuchan diversidad de opiniones, se critica abiertamente al presidente, quien en toda nuestra historia, era un tabú, era algo inconcebible, era intocable, sólo se tenía permitido alabar sus decisiones por muy descabelladas e injustas que  fueran.

Quizás con un cambio fuerte y positivo, en un futuro, logremos que ya no haya muchachos que asalten en la vía pública, que las familias sean más unidas respetando los valores establecidos y se termine, algún día, con el maltrato a los infantes, que no haya “niños de la calle”, que se logre disminuir  el autoritarismo y las injusticias, que se escuchen opiniones diversas y que prevalezcan la inteligencia y el amor a México. Este amor a nuestra patria, estoy segura, lo tiene la mayoría de la gente,  pero les ganan la soberbia y el culto al poder; que  dejen de lado esos defectos y escuchen sus primeros sentimientos, para hacer de México un país próspero con un pueblo en pleno desarrollo social y económico, con los valores esenciales rigiendo todos los actos de su vida.

Tal vez no tenga razones para ser optimista, pero quiero serlo.

 

 Notas

 1 Álvarez García Isaías, Antología Básica, Plan 94, p. 30.

 2 Orientaciones Pedagógicas para la Educación Preescolar de la Ciudad de México. Ciclo escolar 2001-2002.